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El cerebro humano es un órgano biológico-social, básicamente encargado de todas las funciones y los procesos que tienen que ver entre muchas otras cosas con el pensamiento, la intuición, la imaginación, la lúdica, la escritura, la emoción, la conciencia y otra infinidad de procesos cuya plasticidad cerebral o ensanchamiento le permitirá al cerebro un proceso creativo, constante y renovador para elaborar y reelaborar cosas nuevas a partir de las experiencias que tienen los sujetos con su entorno-físico-social-cultural.
Este tipo de experiencias intelectivas y sociales son las que permiten la posibilidad de ensanchar y enriquecer el cerebro humano en toda su dimensionalidad, a través de intervenciones pedagógicas pertinentes.
Desde el punto de vista biológico, en el cerebro humano existen más de cien mil millones de neuronas (10 a 15 mil millones en la corteza cerebral), las cuales a través de las conexiones existentes entre las dendritas tienen la capacidad de tocar a 10.000 neuronas y a su vez ser tocadas por otras 10.000 neuronas, sin contar los mil billones de conexiones existentes conocidas como sinapsis.
El cambio
Al nacer, el niño cuenta con todos los surcos y circunvoluciones característicos del cerebro humano, similares a un adulto.
El desarrollo del cerebro como órgano social estará sujeto a la naturaleza ecopedagógica y cultural en que se desenvuelve el sujeto.
Eso permite la modificación interna en la forma y en la magnitud de las circunvoluciones.
Conocer para educar
Los educadores deben conocer los diferentes procesos que suceden en el cerebro para poder desarrollar estrategias curriculares y de aula que fortalezcan cada uno de los hemisferios cerebrales, en vez de seguir privilegiando el hemisferio izquierdo (lógico-crítico-matemático), como actualmente hace la educación.
Es indispensable estudiar las teorías triádicas y del cerebro total para poder comprender los nuevos desafíos de la pedagogía contemporánea.
Estos son los nuevos retos, que deben asumir los educadores de todos los niveles para poder preparar a una nueva generación que posea como mínimo la capacidad de ligar lo operativo con lo emotivo y lo cognitivo, y así poder solucionar cualquier tipo de problema en forma creativa.
Si no se conoce cómo aprende un estudiante, difícilmente se podrá enseñar y menos evaluar. Esta aseveración en vez de causar incertidumbre, debe considerarse como una invitación a un proceso de reflexión y de replanteamiento de nuestras prácticas pedagógicas.